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¿EL REGRESO DEL IMPERIO BRITÁNICO? EL REINO UNIDO DESPUÉS DEL BREXIT.

Se trata de un propósito indisimulado de erigirse, de nuevo, como una superpotencia y situarse como un centro comercial mundial.

Pablo Gea – La Iniciativa

Ya es oficial. Hay acuerdo entre el Reino Unido y la Unión Europea. Al filo de la navaja, pues este 31 de diciembre de 2020 finalizaba el plazo. De no haberse alcanzado, el caos legislativo hubiese sido tal que las pérdidas pronosticadas se multiplicarían hasta extremos del todo inasumibles. Sin ir más lejos, hubieran entrado en vigor las normas supletorias previstas por la OMC (Organización Mundial del Comercio) en lo que supone a los aranceles, lo que implicaría una afectación importante a la industria automovilística por cuanto la tasa arancelaria prevista para ello es del 10 %. Pero no. En esta Nochebuena, y tras 1645 días tras la celebración del referéndum que en el año 2016 se saldó con la preferencia por la salida de la Unión Europea por un 52% de los votos emitidos por los ciudadanos británicos.

PUNTOS ESENCIALES DEL ACUERDO

El 31 de enero de 2020 entró en vigor un acuerdo de transición que ha estado regulando las relaciones entre los países de la Unión Europea y la propia Unión con el Reino Unido. Todo ello para allanar el camino durante las duras negociaciones que estaban teniendo lugar entre bambalinas. Una suerte de muro de contención: libertad para los ciudadanos británicos con residencia en los países parte del tratado, así como ausencia de impuestos adicionales en la compra y venta de productos. Ahora que se ha alcanzado un nuevo acuerdo que regulará las relaciones tras un divorcio bien avenido, es necesaria su ratificación tanto por el Parlamento Británico como por el Parlamento Europeo.

En esencia, estamos ante un tratado de libre comercio, que regula la ausencia de aranceles y tasas impositivas añadidas para los productos de ambas partes firmantes. Eso sí, siempre que se cumplan las ‘normas de origen’ establecidas, lo que significa que los productos de otros países terceros que no tienen tratados de libre comercio con la Unión Europea no puedan acceder al mercado comunitario libres de tasas a través del territorio británico. Asimismo, se establece la implementación de un mecanismo de arbitraje jurídicamente vinculante para solucionar los posibles conflictos.  Además, al estar el Reino Unido fuera de la Unión Aduanera, los controles fronterizos se intensificarán, dado que se aplicarán a todas las mercancías comercializables. De igual manera, la City de Londres no podrá operar como hasta ahora dentro del entramado financiero europeo.

Más allá de los compromisos en materias de Seguridad y Medioambiente, en las que ambas partes se han comprometido al mantenimiento de los ‘principios generales’ y a la alteración mínima del sentido que hasta ahora se llevaba (especialmente en lo que atañe a la cooperación judicial y a la lucha contra la delincuencia y el terrorismo transfronterizos), se ha tratado de garantizar la competencia entre los operadores del transporte aéreo, así como la ausencia de visados tanto para los ciudadanos de uno u otro territorio que viajen al Reino Unido o a los países de la Unión Europea para estancias cortas. No obstante, el Reino Unido no participará en programas como el Erasmus, si bien se ha logrado no imponer una frontera dura con Irlanda del Norte, zona en la que los británicos mantendrán políticas alineadas con las de la Unión y se reducirán los controles fronterizos.

EL CASO DE ESPAÑA

Las empresas del Transporte y el sector Automovilístico están satisfechos. Ante lo que se perfilaba como un Brexit duro, el acuerdo ha conseguido salvar los muebles. Más o menos. Recordemos que los automóviles suponen un cuarto del total de las exportaciones que España realiza al Reino Unido. En una tesitura similar se sitúa el sector Hortofrutícola, que factura alrededor en 2.000 euros al año en verduras y frutas, las cuales no se verán afectadas por unas tasas arancelarias gracias al acuerdo que, de no haber tenido lugar este, habrían supuesto un gravamen de 189 millones de euros. Como en el caso del automóvil, de aplicarse la regulación supletoria prevista por la OMC, estas tasas podrían haber llegado a superar con creces el 10%, situándose en algunos casos hasta en el 16%.

Y, a pesar de que empresas españolas o conglomerados empresariales como Telefónica, Ferrovial o Inditex, con arraigados intereses en el Reino Unido, van a tener que replantearse su manera de hacer negocios allí, hay un sector que decididamente ha sido el perdedor de este tira y afloja: la Pesca. Y es que la Confederación Española de Pesca (Cepesca) ha sido clara: ‘un día negro para los pescadores europeos, sus familias y sus comunidades’. Las cuotas pesqueras se han reducido en un 25% respecto a las actuales, de manera que los buques españoles (actualmente 88, que logran una captura de 9.000 toneladas) podrán seguir faenando en aguas británicas durante los siguientes cinco años y medio.

Sin embargo, ¿qué pasa con Gibraltar? El acuerdo ha excluido deliberadamente esta cuestión, al estarse negociando de manera independiente por otros canales entre Madrid y Londres. Ya en el acuerdo de salida del Reino Unido de la Unión Europea España logró que Bruselas reconociera que el país ibérico tendría la última palabra sobre los acuerdos que sobre esto se negociaran. Y aún más: que el Reino Unido y Gibraltar tendrían -como sucede- que negociar acuerdos de manera independiente con la Unión Europea. Si todo marcha como está previsto, una vez concluidos los acuerdos Gibraltar pasará a ser parte del espacio Schengen si los británicos ofrecen contrapartidas que satisfagan a los españoles. No en vano, hay que recordar que el Reino Unido nunca ha formado parte de este espacio, creado por el acuerdo homónimo de 1985, lo que significa que, si finalmente Gibraltar entrara en él de la mano de España, sería la primera vez que los gibraltareños se beneficiarían de él en toda su historia.

HORIZONTES IMPERIALES

Los dirigentes británicos que han apoyado el Brexit nunca han ocultado sus razones. Desde luego es sabido que el argumentario subió de temperatura hasta convertirse en una disputa identitaria que se vio reflejada en los resultados electorales: a grandes rasgos, las zonas más envejecidas y empobrecidas votaron a favor de la salida de la Unión Europea, mientras que las zonas más ricas con mayor proporción de población joven optaron por la permanencia. Enfriadas las emociones cabe preguntarse, ¿qué planes tienen los dirigentes británicos para el nuevo escenario post-brexit? Desde su ingreso en lo que entonces era la Comunidad Económica Europea (CEE), el Reino Unido se mostró siempre como un socio díscolo y poco solidario. No por un egoísmo congénito como nación y como pueblo, sino por la visión geopolítica particular que le ha proporcionado su insularidad. Nunca ocultaron que sus principales razones para estar dentro del club europeo eran fundamentalmente económicas, estando en consecuencia poco o nada interesados en la unión política o en la participación en las instituciones comunes que ello necesariamente conllevaba.

Así de claro quedó en 1992 con la firma del Tratado de Maastricht (o Tratado de la Unión Europea, TUE), el auténtico pistoletazo de salida de lo que -no se olvide- constituye una Organización Internacional de integración (esto es, en la que los Estados miembros ceden parcelas de su soberanía). En esa ocasión el Reino Unido se negó a integrarse dentro del Euro, por lo que mantuvo su propia divisa, la Libra Esterlina. Lo que ilustra una realidad incómoda para los socios europeos, la cual es que el poso de euroescepticismo británico siempre ha estado ahí y ha ido in crescendo durante todos estos años, especialmente conforme la Unión Europea se mostraba cada vez más débil e incapaz de armonizar los dispares intereses de todos los países que la componen.

En coherencia con ello, la nueva visión de los estadistas británicos ha cristalizado en lo que se ha dado en llamar ‘Global Britain’, una suerte de sucedáneo del antiguo papel colonial que una vez ostentara el imperio. El actual Primer Ministro, Boris Johnson, ha resumido dicha visión describiendo al nuevo Reino Unido como ‘emprendedor, que mira hacia el exterior y que es verdaderamente global, generoso y comprometido con el mundo’. Según los documentos oficiales que se han formulado para apuntalar este nuevo horizonte, el Reino Unido se asoma al universo post-brexit, fuera de la camisa de fuerza que le ha supuesto su integración en la Unión Europea, impulsado por ‘los valores del libre comercio, la democracia, los derechos humanos y el estado de derecho internacional’. Como ha señalado el Ministro de Asuntos Exteriores británico, Dominic Raab; ‘Queremos ser buenos vecinos europeos y bucaneros del libre comercio mundial’.

‘GLOBAL BRITAIN’

Las ideas del Reino Unido pasan por firmar un tratado de libre comercio en condiciones favorables con su hermano anglosajón, Estados Unidos, así como otros acuerdos del mismo tenor con otros países del mundo, que lo coloquen en la posición precisa para revitalizar sus lazos con los países de la Commonwealth, especialmente con Canadá, Australia, Nueva Zelanda, Sudáfrica y la India. Se trata de un propósito indisimulado de erigirse, de nuevo, como una superpotencia y situarse como un centro comercial mundial. Para ello ha recurrido a la creación de zonas económicas especiales, en las cuales se opera libre de impuestos y aranceles.

No obstante, algunos observadores han puesto de manifiesto lo exageradamente optimista que es este proyecto, por cuanto el Reino Unido, le guste o no, es una potencia económica de nivel medio, que carece de los recursos políticos, diplomáticos y económicos como para generar una esfera de influencia autónoma en competencia directa con otras superpotencias que llevan años gestando, defendiendo y ampliando las suyas. Quienes así razonan estiman que el Gobierno británico carece de unas directrices claras para ejecutar esta visión y que, aunque contara con él, difícilmente va a poder hallar una zona de comercio equivalente fuera del espacio europeo, ni va lograr que la Unión Europa acepte quiebras dentro de su mercado comunitario, por muchas negociaciones que puedan plantearse.

Sea de una forma o de otra, lo cierto es que la ‘Global Britain’ será el eje de rotación sobre el que gire la política británica durante los próximos años. Los países europeos cuentan ahora con un ejemplo que puede dar alas a los partidos euroescépticos que hasta el momento han sido marginales, o hacer emerger grupos dentro de los partidos clásicos del sistema con ideas en este sentido. Hay algo que es incontestable: la nueva senda que se abre tanto frente al Reino Unido como a la Unión Europea no estará exenta de dificultades. Dependerá de la maestría política y de la fijación de metas políticas viables a corto-medio plazo el éxito o el fracaso de sus respectivos proyectos de vida.

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