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MOSCÚ 1941. LAS NAVIDADES QUE CAMBIARON LA HISTORIA.

Desde el principio, la invasión y expolio posterior del territorio de la Unión Soviética se planteó como una ‘guerra de aniquilación’.

Pablo Gea – La Iniciativa

Sábado 21 de junio de 1941. En su despacho, Joachim von Ribbeptrop, Ministro de Exteriores del Tercer Reich y muñidor del Pacto Germano-Soviético por el que Hitler y Stalin se convirtieron en aliados y que abrió la puerta al reparto de Europa del Este, camina de un lado para otro como una fiera enjaulada. Dolorosamente afectado por la ruptura del que es, sin duda, el mayor logro diplomático de su carrera, recibe de manera somera a Vladimir Dekanozov, embajador soviético en Berlín, agente del NKVD (la policía política del régimen comunista soviético) y georgiano, como Lavrenti Beria -el dirigente de esta última- y Stalin. Tras las innumerables violaciones del espacio aéreo soviético por la Luftwaffe, los soviéticos andaban histéricos y pedían garantías a los alemanes. Pero Ribbentrop no se anda con rodeos: Alemania ha tomado ‘medidas militares’ contra la Unión Soviética, una forma elegante de afirmar que la Wehrmacht ha comenzado ya la invasión. Dekanozov no da crédito a lo que está sucediendo ante sus narices, y airado exclama proféticamente: ‘¡Ustedes lamentarán este ataque insultante, provocador y absolutamente rapaz contra la Unión Soviética! ¡Lo pagarán muy caro!’

En ese momento, nadie hubiese dado un duro al apostar por la victoria de la Unión Soviética en la dura guerra que se avecinaba contra el Tercer Reich. Y es lo que sucedió. Claro que nadie podía sospecharlo todavía…

UNA GUERRA DE EXTERMINIO

         Las tensiones entre los dos aliados que habían devorado Polonia llegaron a su clímax en 1941. Pese a lo impresionante de su exhibición, lo cierto es que la relación entre la Alemania Nacionalsocialista y la Unión Soviética Comunista estuvo caracterizada por tensiones, engaños, medias verdades y aspiraciones megalómanas que representaban la psicología de sus respectivos dirigentes. La Gestapo y el NKVD colaboraban en operaciones conjuntas e intercambio de prisioneros. Y, aunque se admiraban, ni Hitler ni Stalin se fiaban del todo el uno del otro. Sin embargo, los matones se respetan entre sí, y durante un breve período de tiempo tanto el Führer como el Vozhd valoraron una cooperación militar en firme y una convivencia “pacífica”. Pese a todo, los intereses latentes de los dos líderes, junto con el absolutismo inherente a las utopías milenaristas que ambos encarnaban hicieron naufragar el proyecto. Tras el fracaso contra el Reino Unido en octubre de 1940, las viejas obsesiones ideológicas revivieron en la mente del dictador alemán. Y ya a principios de 1941 fueron elaborados y aprobados los planes para la que pasaría a la Historia como la Operación Barbarroja.

         Muy lejos de la guerra ‘caballerosa’ (todo lo que por ello puede entenderse cuando se habla del Tercer Reich) librada en el Oeste, desde el principio la invasión y expolio posterior del territorio de la Unión Soviética se planteó como una ‘guerra de aniquilación’. A tal efecto se diseñó el llamado Generalplan Ost (Plan General para el Este), que contempló el exterminio por hambre o deportación de alrededor de 30 millones de ciudadanos soviéticos, el desplazamiento de los eslavos para dejar espacio a la población germana y la ruralización total del país. Todo ello en conexión con una política de deportación en masa de los judíos hacia estos territorios para que murieran de hambre o de agotamiento por medio de trabajos forzados. Una versión de lo que más tarde se conocerá como la Solución Final.

EL ATAQUE PREVENTIVO

         Stalin no las tenía todas consigo. Su plan había sido en todo momento fomentar el enfrentamiento entre Alemania y las Potencias Occidentales con la idea de que se destruyeran mutuamente. Después, el Ejército Rojo avanzaría como un libertador sobre la Europa arrasada para implantar el Comunismo. Pero las cosas no iban según lo previsto. Hitler y los nacionalsocialistas habían borrado Francia de un plumazo en dos semanas y sometido a casi toda Europa bajo la bota de su poderoso ejército. Las tensiones iban en aumento y notaba que el curso de los acontecimientos se le escapaba de las manos. En la orgía de destrucción que presenciaba, él también quería sacar tajada. Al fin y al cabo, los Estados Bálticos no eran París. Y la invasión de Finlandia se había saldado con un estrepitoso fracaso para regocijo de los alemanes. Con todo, sabía que los japoneses, escarmentados de su derrota en Jaljin Gol, no iban a dirigir el eje de su expansionismo hacia Mongolia y Siberia sino hacia el Sudeste Asiático.

         En noviembre de 1940, cuando Viacheslav Mólotov se reunió en Berlín con Hitler, los soviéticos exigieron como contrapartida para unirse formalmente a las fuerzas del Eje -en comandita con Japón, Italia y la propia Alemania- la anexión de Finlandia, Rumanía y Bulgaria, así como de territorios pertenecientes a Hungría, Turquía e Irán. No era lo que tenían pensado los alemanes, que insistieron en repartirse los restos del Imperio Británico cuando este hubiera sido vencido. La respuesta formal por parte de Hitler nunca llegó, así como tampoco la de Stalin a la oferta de encontrarse en persona con su homólogo alemán. Sorprendentemente, ambos tiranos nunca llegaron a verse cara a cara.

         Después de recibir al embajador japonés en abril de 1941, el líder soviético, convencido de que podía existir una brecha entre Alemania y el país nipón y de que, al menos por el momento, este último no constituía una amenaza militar inmediata, dio órdenes para la confección de un plan de ataque preventivo contra el Tercer Reich. Hitler no iba a adelantársele. Aunque ya en verano de 1940 se pergeñó una versión del plan que preveía que las principales naciones de Europa del Este fueran invadidas y dejaran de existir. En esta última versión la incursión en esta zona de Europa se mantuvo, con el objetivo además de arrebatar a Alemania las zonas de Polonia que había ocupado y obligar a Hitler a firmar un tratado por el que cediera a Stalin toda Europa del Este. En coherencia con esta idea, las tropas del Ejército Rojo se acumularon en la frontera occidental soviética y se redactaron órdenes ofensivas. Inicialmente previsto para 1942, Stalin lo reorientó para que el ataque pudiera tener lugar cuanto antes. Se trataba de una carrera frenética. El primero que contara con las fuerzas necesarias para atacar ganaría la guerra.

CHOQUE DE TITANES

         Finalmente, es el Führer el que lanza el ataque. Las vacilaciones de Stalin juegan a favor de Hitler. El Ejército Rojo está maniatado para contraatacar y, cuando finalmente lo hace, descubre que el plan de defensa es en realidad un plan de ataque. El mismo que se llevaba meses preparando. Si un liderazgo claro y con un líder superado los acontecimientos, la Unión Soviética contempla casi impotente como uno tras otro sus ejércitos son destruidos por los alemanes. La Operación Barbarroja se pone en práctica como un ataque de tres puntas: el Grupo de Ejércitos Norte debe tomar los Estados Bálticos (Estonia, Letonia y Lituania) y llegar hasta Leningrado; el Grupo de Ejércitos Centro, el eje sobre el que pivota toda la operación militar, conquistará Moscú; y el Grupo de Ejércitos Sur se hará con Ucrania y los pozos de petróleo del Cáucaso.

         ¿Todo atado y bien atado? No del todo. El ataque es feroz. Millones de soldados soviéticos son hechos prisioneros y sometidos a la vejación y a la muerte lenta por inanición. La mayoría de la Fuerza Aérea en la zona europea de la URSS es destruida en tierra. Los alemanes ponen en marcha sus planes de explotación económica, deportación y genocidio, incluso contra la propia población eslava que inicialmente les da la bienvenida pensando que les libran del yugo de Stalin y sus Comisarios Políticos. Tras el ejército, los Einsatzgruppen, ‘grupos operativos’ compuestos por miembros de las SS, la Gestapo, policías y soldados, asesinan a sangre fría en importantes matanzas en masa a comunistas, judíos, gitanos, miembros de los órganos policiales y administrativos soviéticos y, en definitiva, a cualquiera que consideran molesto, bajo la categorización tan laxa como mortal de ‘partisano’. Heinrich Himmler y Reinhard Heydrich envían informes regulares de Hitler, que se mantiene al tanto en todo momento de la política de ‘pacificación’. Pero algo falla. La resistencia soviética es más dura de lo previsto.

         A la par, el NKVD se retira de sus territorios ejecutando a los prisioneros, como ya había hecho en Katyn en 1940 y como harían las SS en 1944 y 1945 cuando la guerra cambiara de signo. Stalin ordena el mantenimiento de las plazas y contraataques frenéticos que, aunque retrasan y dañan a las fuerzas alemanas, igualmente suponen la pérdida de ejércitos enteros. Pero el Ejército Rojo aprende y se reorganiza. En julio, un Stalin ya recuperado de un probable colapso nervioso que a punto está de costarle el poder, le habla a su pueblo con franqueza y hasta con un halo de vulnerabilidad. Al dirigirse a ellos después de haber presidido una dictadura sangrienta durante doce años como ‘Hermanos y Hermanas’, firma un nuevo Contrato Social absolutamente decisivo para enervar al pueblo soviético contra el invasor.

EL FÜHRER. ¿UN GENIO MILITAR?

Los conflictos de Hitler consigo mismo y con sus generales debilitan el impulso de la invasión. Hitler es un genio político que se cree también un genio militar, pero ignora los detalles prácticos. Llega el otoño y el terreno se hace impracticable. Se ha lanzado a la destrucción de un Estado gigantesco sin haber adaptado la Economía y la Producción Industrial para una guerra total. La logística es tan importante como la potencia de fuego, y la cadena de mando germana junto con el caos burocrático imperante no hacen más que empeorarlo todo más. Las injerencias estratégicas y tácticas de Hitler sacan de quicio a sus oficiales, que rehuyendo su parte de responsabilidad en la infravaloración de la capacidad de combate de los soviéticos le acusan con parte de razón de intervenir caprichosa y arbitrariamente en las operaciones militares.

Ya había cambiado de opinión varias veces. El 19 de julio de 1941, el eje del ataque se desplaza hacia Leningrado y el Norte, posponiendo la toma de Moscú. Decide con ello reforzar el Norte y el Sur en detrimento del Centro, cuyo grupo de ejércitos observa avanzar con preocupación creciente al prever que pueda excederse de sus posibilidades. Pero el 21 de agosto, Hitler decide poner su atención en Ucrania, lo que se salda con una arrolladora victoria de los alemanes e Kiev: 665.000 prisioneros, 884 carros de combate y 3.018 piezas de artillería. El 6 de septiembre, sin haber finalizado las operaciones en el Sur, el Führer pone de nuevo la vista en Moscú.

El coronel general Franz Halder dirá refiriéndose a su líder: ‘Él es el único responsable del culebreo que está provocando el vaivén de sus órdenes.’ Los criterios económicos, cuando no el miedo atávico de Hitler a seguir el mismo destino que Napoleón, habían desviado el interés de la capital soviética con el visto bueno de una parte nada desdeñable del Alto Mando de la Wehrmacht. Algo facilitado por la extrema inconcreción de las directrices iniciales para Barbarroja. Simple y llanamente no se había planeado un final coherente para la campaña militar. Todo se basaba en la suposición de que la Unión Soviética se desmoronaría ante el envite alemán. Ahora que está claro que esto no está sucediendo, Hitler y sus líderes militares tienen que asumir lentamente que en 1941 no terminará la guerra.

A LAS PUERTAS DE MOSCÚ

         La realidad es que el avance hacia Moscú, que comienza el 2 de octubre de 1941 con la Operación Tifón, se basa más en las esperanzas de finiquitar una campaña tan ambiciosa como improvisada antes del invierno. Pero es el otoño, junto con la denodada capacidad de resistencia de los soviéticos y la estrategia de ‘tierra quemada’ impuesta por Stalin, el que realmente detiene a los alemanes. La rasputitsa, fenómeno provocado por las lluvias de esta época del año, convierte en lodo todo el territorio escasamente asfaltado que los alemanes utilizan para hacer rodas sus tanques. Vehículos, armas y personas son engullidos por el fango, convirtiendo en hercúleo cada paso. Irónicamente, es cuando el suelo se endurece con las nevadas del invierno el momento en que se puede retomar el avance, ya muy mermado, encabezado por soldados helados a causa de la negligencia de un gobierno que no les ha provisto de ropa de invierno al negarse a contemplar que la campaña pudiera alargarse hasta estas fechas.

         A pesar de ello, la estrategia valorada por Hitler de reforzar los flancos en detrimento de la toma de la capital no era descabellada e ilógica. A fin de cuentas, un avance desmesurado que consiguiera, finalmente, tomar la ciudad podía provocar (como de hecho sucederá más tarde en Stalingrado) que dicho ataque aspirara a las tropas obligándolas a combatir calle por calle, a la vez que las fuerzas enemigas podía fácilmente cercarlas aprovechando unos flancos débiles. En cualquier caso, la captura de Moscú no garantizaba la rendición de Stalin ni mucho menos su fin, especialmente en un país tan inmenso. Lograr la caída de la URSS ahogándola económicamente se presentaba como una opción tan viable y racional como cualquier otra. Son, sin duda, la incompetencia de las fuerzas armadas alemanas, la ceguera de sus líderes militares, la subestimación del enemigo y las intromisiones constantes del líder político, las causas de que Alemania se vea ahora entre la espada y la pared.

         Mientras tanto, Stalin, al tanto de que, definitivamente, Tokio no iba a apoyar a Berlín en su aventura contra la URSS, había reunido un nuevo contingente con tropas de refresco siberianas procedentes del Este. A la vez, su decisión inquebrantable de permanecer en la capital y defenderla constituye un acto de autoafirmación que para el régimen soviético se revela determinante a la hora de frenar el avance los alemanes. Con una disciplina draconiana a manos del NKVD, Moscú se prepara para combatir a unas tropas que en diciembre llegan a hasta 20 kilómetros de la ciudad. Nunca llegarán a tomarla. A pesar de este último impulso, la ofensiva alemana muere por inanición. La imposibilidad logística de apoyar a las tropas junto con las atroces condiciones climáticas (que el día 4 de diciembre hacen bajar las temperaturas a 35 grados bajo cero) facilitan un contraataque soviético que se produce el día 5 con tropas frescas y bien pertrechadas con uniformes adecuados para combatir en estas condiciones. Es entonces cuando la ofensiva germana muere y el frente amenaza con desmoronarse.

PUNTO DE INFLEXIÓN

         La lucha de Hitler con sus generales vuelve a desatarse a la vez que los alemanes pierden más y más hombres y materiales en su retirada. Él pretende mantener las posiciones y algunos de sus generales facilitar la retirada hasta posiciones mejor defendibles, creando una línea del frente más compacta, salvando así el material. Hitler, por el contrario, considera que ello significará el derrumbe completo del frente y, tratando de escapar del fantasma del Emperador francés, impone una disciplina implacable e inmisericorde con los desertores, una orden tan criminal como aquella que dispuso el fusilamiento inmediato de los Comisarios Políticos soviéticos capturados por el ejército.

         Al final, Stalin cae presa del mismo mal que Hitler, y su exceso de confianza le hace sobrevalorar la capacidad de sus tropas a la vez que infravalora la capacidad de combate del enemigo. El resultado no es otro que el restablecimiento de la línea del frente y la contención de la ofensiva soviética por parte de los alemanes. Eso sí, con un coste enorme del que la Wehrmacht no podrá recuperarse nunca: para el 31 de enero de 1942, las pérdidas alemanas ascienden a 917.985 bajas, 41.000 camiones, 207.000 caballos y 13.600 piezas de artillería. Como de forma lapidaria destaca el comandante de la VI división blindada, Erhard Raus: ‘El ejército alemán jamás va a recuperarse de las enormes pérdidas humanas y materiales sufridas durante su retirada de Moscú.’

         Pero lo peor está aún por llegar. El 7 de diciembre Japón ataca Pearl Harbor. A los cuatro días, Alemania declara la guerra a los Estados Unidos de América, pensando que se trata en el fondo de oficializar una situación de hecho y que ello mantendrá a los norteamericanos concentrados en el teatro del Pacífico mientras ella tiene las manos libres en Europa. De esta manera, el destino del Tercer Reich queda sellado en las navidades de 1941. Pues a partir de este momento, la Alemania de Hitler se halla en guerra con el Reino Unido, la Unión Soviética y los Estados Unidos. En retrospectiva, y a pesar de que durante 1942 continuarán los avances germanos, si bien menos espectaculares que durante el año anterior, es claro que el equilibrio varía ahora en contra de las Potencias del Eje. Muestra de ello son los objetivos estratégicos que se plantearán los alemanes, paulatinamente decrecientes en 1942 y 1943 respecto de 1941.

Ya nunca más la Wehrmacht llevará a efecto operaciones tan ambiciosas como las que tuvieron lugar a partir de verano de 1941. Además, se pondrá en marcha el exterminio de los judíos en cámaras de gas, un reconocimiento implícito de que Alemania nunca llegará a controlar los territorios soviéticos a donde pensaba deportarlos y que, por lo tanto, no ganará la guerra. La contienda se transforma a partir de este momento, definitivamente, en una guerra contra los judíos. Puede con toda justicia calificarse a estas navidades como el principio del fin. Aunque la guerra durará hasta 1945, tornándose más desesperada y sangrienta, Alemania será finalmente derrotada y dividida, quedando Europa del Este bajo el yugo de la bota soviética hasta su definitiva liberación tras la caída del Telón de Acero. Pero eso ya es otra historia.

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