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LA PROLETARIZACIÓN DE LA CLASE MEDIA

Viñeta de Santy Gutiérrez

Viñeta de Santy Gutiérrez

Si trabajas duro toda la jornada y no te llega para vivir holgadamente, no puedes irte de viaje, no puedes darte caprichos y tu vida se reduce currar todo el día e ir de compras el ‘finde’, no eres ‘clase media’, eres ‘clase baja’. Esta es la realidad.

Pablo Gea – La Iniciativa

Si hay un legado de la crisis de 2008 auténticamente perdurable, ese es el del fin del sueño de la clase media. Retenga el lector lo siguiente: no se parte en este análisis de las categorías de clase marxistas, en el sentido de considerarlas como grupos identitarios cuyos choques, siguiendo la dialéctica hegeliana, configuran el progreso de la Historia. Dicho esto, resulta indudable que, a nivel puramente descriptivo -cuando no meramente identificativo- la referencia a la ‘clase’ como grupo social a nivel puramente socioeconómico es, cuanto menos, útil. No por casualidad se nos vendió durante generaciones que todos éramos ‘clase media’, capaces de llegar a ser ‘clase media-alta’ o incluso ‘clase alta’. Que las distinciones que tanta sangre habían hecho correr durante el siglo XX eran cosa del pasado. Todo eso acabó en 2008. De repente, un mileurista era un privilegiado y todos los planes de futuro se hicieron añicos, demostrando a miles de familias que no hay nada más cruel por parte de un gobierno que hacerte creer que eres rico cuando en realidad no es así.

No sólo el gobierno de turno, independientemente de la ideología, sino también el poder financiero, los sindicatos, el mundo de la cultura y el resto de agentes sociales bebieron de y perpetuaron la mentira. Con mucho esfuerzo y dolor, sufriendo severos recortes en derechos sociales, la gente salió adelante. Un nuevo horizonte se perfiló, si bien ni de lejos tan optimista como aquel sueño dorado pre-2008. Ahora hasta eso se ha desvanecido, y la sociedad se asoma al abismo. Claro que unos más que otros. Tanto los sectores tradicionalmente más privilegiados como los nuevos colectivos identitarios protegidos por el poder político pueden​ respirar relativamente con alivio. Los demás, la clase media y trabajadora, que es la que tira del país, vuelve a verse con la soga al cuello. Pese a las medidas entre simbólicas e ineficaces del poder para que la gente no se revuelva, lo cierto es que la columna vertebral del país es sangrada a impuestos sin que se tenga con ellos la más mínima consideración. Exponente de esto es la caza de brujas al cabeza de turco eterno, el Autónomo, cada vez más maltratado por el Estado. A lo que hay que añadir las innumerables trabas de una burocracia imposible de financiar que corta las alas antes de despegar a los emprendedores. Una psicología perversa, que trata de igualar por abajo y que abate sin piedad al que trata de destacar.

Todavía, y pese a lo contundente de los efectos provocados por la crisis del covid y de la desacertada gestión gubernamental, muchos siguen engañados pensando que son, efectivamente, ‘clase media’. Porque, quizás, es doloroso en estos momentos recurrir al eufemismo aquel de definirse como ‘clase trabajadora’ aunque sólo sea porque, salvo que alguien actúe como un parásito y viva de los demás, trabajar trabajamos todos. Desde el ingeniero al basurero, pasando por la ama de casa y el empresario. Pelando el fruto nos dados cuenta de que muchos de los que se autodenominan como ‘clase media’ no pueden serlo, aunque lo piensen. Y no pueden serlo porque ni ganan lo suficiente como para ser considerados como tales ni tienen la autonomía financiera necesaria como para sentirse así. Ya vaya uno con un traje o un uniforme, tenga un móvil moderno, se suscriba a Netflix o tenga que pelear por que le dé para comprar en el súper. Si trabajas duro toda la jornada y no te llega para vivir holgadamente, no puedes irte de viaje, no puedes darte caprichos y tu vida se reduce currar todo el día e ir de compras el ‘finde’, no eres ‘clase media’, eres ‘clase baja’. Esta es la realidad.

Lo que ocultan desesperadamente los políticos es que toda esa generación, a la que se ha engañado diciéndole que si se esforzaban lo suficiente estudiando iban a tener un futuro radiante, no tiene futuro alguno. Y, si lo tiene, va a distar mucho de lo que han imaginado. La precariedad y el abuso son ahora la norma, en trabajos muy posiblemente que nada tengan que ver con la formación que han recibido, en los que el sueldo que perciban estará muy lejos del tiempo que le dediquen para obtenerlo. Condiciones que se verán obligados a aceptar porque hay mano de obra barata menos dada a reivindicar derechos laborales, a la que pueden contratar ipso facto después de despedir a quien saque los pies del tiesto. Obviamente, hablar de esto en futuro es pura retórica, porque esto está pasando hoy, está pasando ahora, mientras lees.

Según la última Encuesta del CIS, de febrero de 2021, la identificación subjetiva de ‘clase’ arroja un 49,6% que lo hace como ‘clase media-media’, un 16,6% como ‘clase media-baja’, un 10,2% como ‘clase trabajadora’, un 8,7% como ‘clase pobre’; y tan sólo un 6,2 como ‘clase alta y media-alta’. Una sensación que no es, ni de lejos, la de un país próspero. Al contrario, refleja la toma de conciencia por parte de la gente de que el destino de la ‘clase media’, tal y como hasta ahora se ha entendido, es proletarizarse. Es decir, “bajar” de escalón y pasar a ser ‘clase trabajadora’ o directamente ‘clase pobre’. Y es ahí, donde el miedo de los que se ven al borde del precipicio de descender en la escala social se hace carne, el punto caliente que pondrá a las democracias a prueba. Pues es este sector el que se va a ver más seducido por la retórica endiablada de los populistas, que juegan con el odio de los desesperados para conquistar el poder y destruir las libertades.

La conclusión es inequívoca: los derechos sociales deben ser el norte de todo partido que aspire a regenerar la vida pública española. No hay más. Después del castigo al que ha sido sometida la ciudadanía, lo menos que puede hacer el Estado es salvaguardar su nivel de vida y, a ser posible, ampliarlo. Porque de nada sirve tener libertad si el grado de miseria es tal que te impide disfrutar de ella.

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