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ESPAÑA DEBE MIRAR HACIA CHINA Y RUSIA

RABAT, MOROCCO - FEBRUARY 13: King Felipe VI of Spain (L) and King Mohammed VI of Morocco (R) attend the signing of bilateral agreements at the Agdal Royal Palace on February 13, 2019 in Rabat, Morocco. The Spanish Royals are on a two day visit to Morocco. (Photo by Carlos R. Alvarez/WireImage)

De lo contrario, lo único que le espera a este país es ser el eterno segundón, que presencia impotente y débil como el resto de estados duros e impetuosos se reparten la tarta y deciden contra sus intereses ante sus propias narices.

Pablo Gea

La reciente e inacabada crisis diplomática con Marruecos ha venido a dejar muy claro que España no pinta nada en el panorama internacional. No es ni siquiera una potencia de ámbito regional a la que tener en cuenta. Lastrada por los vicios endémicos del enfrentamiento interno que impiden mirar hacia el exterior y hacerse un merecido hueco dentro de la comunidad internacional. No por cuestiones de prestigio o influencia meramente, sino porque, en un contexto de globalización galopante, es un requisito indispensable para que la sociedad pueda enriquecerse cultural y económicamente. Si no estás en el mundo no existes. Un axioma tan lapidario como veraz. Y España, para desgracia de todos nosotros, es un país, un Estado, que no es respetado allende fronteras porque sus sucesivos gobiernos no se han preocupado por hacerlo. Desde la Transición hasta nuestros días, los diferentes Ejecutivos han estado más preocupados de garantizar su poder y su dinero que del estatus internacional del país que han gobernado. Y pocos ejemplos serán más ilustrativos de esto que el Gobierno actual.

         Aunque sería faltar a la verdad si achacáramos esto sólo a la actitud pusilánime de nuestros gobernantes. Se trata de una razón, pero no suficiente para explicar en toda su magnitud el fenómeno. Mucho hay del tradicional aislamiento español respecto a las cuestiones internacionales, iniciado después de la Guerra de Independencia contra Napoleón. Desde ese momento, España pasó de luchar contra el invasor a hacerlo contra sí misma. La última guerra civil no fue sino una continuación de las guerras carlistas y cantonales que asolaron la península durante todo el siglo XIX. España, efectivamente y como señaló el intelectual y Presidente del Gobierno durante la Restauración Francisco Silvela, ‘había perdido su pulso’. A partir de entonces, percibida como un país latino, guerracivilista y de bandoleros, rodeado de un halo místico y romántico, España no alcanzó a ser considerada como un socio fiable de ninguna de las potencias en alza. Y ni incluso después, pasados ya dos siglos, los españoles hemos conseguido que nos tengan en cuenta en el concierto internacional.

         Cierto es que nunca hemos contado con aliados dignos de tal nombre. Todo lo más que hemos logrado ser ha sido la comidilla de otros estados que nos necesitaban para alcanzar la posición que ahora ostentan. Ahí queda el apoyo prestado por España al canciller alemán Helmut Kohl para la unificación, que sólo ha logrado traducirse en displicencia cínica y en un continuo chantaje político y económico por parte de quien se sabe con la sartén por el mango en la Unión Europea. Como el apoyo de Aznar a las invasiones de Irak y Afganistán por parte de EEUU, que no han tenido su correlativo a la hora sostener las legítimas aspiraciones españolas al mantenimiento de una esfera de influencia digna de tal nombre. Ahora ha quedado claro que ni los países de la Unión Europea ni Estados Unidos tienen el más mínimo interés en apoyar a su socio España en la batalla diplomática que libra. Salvo las obligadas declaraciones por parte de la Unión, destinadas al consumo doméstico y de cara a la galería solamente, nadie ha dado un paso al frente para arropar a España. Nadie. Lo que quiere decir que todo el tejido de supuestas alianzas diplomáticas y militares, como la misma OTAN, nos son completamente inútiles. Porque, en la práctica, no suponen un apoyo material para el país en sus momentos más difíciles y sólo constituyen un vehículo para que los Estados Unidos de América tengan atados en corto a sus amigos europeos. El que se mueva no sale en la foto.

         La conclusión es sencilla. España debe reorientarse diplomáticamente hacia China, la potencia emergente del siglo XXI, guste o no. China es un país expansionista que está empleando su creciente poder económico, militar y diplomático para hacerse a codazos un espacio en la esfera internacional. Y en primer lugar, donde cree que le corresponde estar. Por esta razón, busca desesperadamente aliados y socios comerciales en diversas partes del globo. Por esta razón se dedica a comprar deuda aceleradamente de los países del Golfo Pérsico y de otras zonas del globo, como las repúblicas centroasiáticas y Latinoamérica. China no ha ocultado nunca sus intenciones de expandir su influencia hacia el espacio europeo. Y aquí es donde España puede revelarse como un actor clave. Al fin y al cabo, la política es un juego despiadado y práctico, en el que el interés mutuo es lo que lleva a los países a colaborar. Si ni EEUU ni lo países de la Unión Europea no son aliados útiles para España, el país debe desecharlos de manera inmisericorde, mirando hacia quienes sí puedan ayudarla a conseguir sus objetivos y sean aliados fieles con los que se pueda contar, aunque su fidelidad esté basada en el puro interés, como cualquier alianza geoestratégica.

         Lo mismo vale para Rusia, el gigante del Este con el que estamos condenados a entendernos, y una potencia cuyo pulso sí que no disminuye, decidida a imponerse como árbitro en aquellas zonas del globo que quedan huérfanas ante el repliegue de Washington. Al igual que China, Rusia es un país revisionista, en el sentido de que trata de ‘revisar’ su estatus político y diplomático, así como no sólo retener sus esferas de influencia en Europa del Este, el Cáucaso y Asia central, sino ir más allá. Su pobre economía, no obstante, la obliga a depender de la exportación de hidrocarburos, de la cual es beneficiaria en gran medida Alemania. Pero, en cualquier caso, se trata de relaciones comerciales que no se traducen en alianzas diplomáticas de ninguna clase. En vista de esto, para España se abre una ventana de oportunidad que requiere ser explorada sin perder más tiempo. No desde la ingenuidad, sino desde el equilibrio del interés mutuo y sólo en función de ello.

         Si España quiere convertirse en un actor respetado y respetable, el eje de su actividad diplomática pasa los siguientes vectores:

         1) Estrechar sus relaciones con China y Rusia.

         2) Un acercamiento a Portugal con vistas a la federación o       confederación entre ambos países.

         3) Un impulso de los lazos culturales con los países de Latinoamérica         que vaya acompañado de la forja de relaciones comerciales provechosas tanto para el continente euroasiático como para el         americano.

         4) Desarrollar un entendimiento político y diplomático con Argelia,   como principal aliado en el Norte de África, para neutralizar al     principal enemigo de ambos países en la zona: Marruecos.

         De lo contrario, lo único que le espera a este país es ser el eterno segundón, que presencia impotente y débil como el resto de estados duros e impetuosos se reparten la tarta y deciden contra sus intereses ante sus propias narices. Pero si algo está claro en todo esto es que dicha política nunca se pondrá en marcha hasta que no alcance el poder un partido político o unos líderes con el valor y la amplitud de miras necesarios como para desarrollarla con astucia y con éxito.

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