¿ES RUSIA EL VILLANO DE LA HISTORIA?

Biden preocupa a Rusia

Ahora el mundo contiene la respiración ante una guerra inminente provocada por Angloamérica y su expansionismo militar, que ha permitido mostrar la peor cara del imperialismo ruso de matriz soviética.

Pablo Gea

Pese a que la mayoría de la gente no es consciente, el peligro de una guerra nuclear es alto. Desde el final de la Guerra Fría, nunca el mundo había estado tan al borde del desastre como lo está ahora. Lejos del alarmismo propio de estas situaciones, lo cierto es que la situación que se vive ahora en Europa del Este encuentra reminiscencias en aquel Berlín de 1961, en el que los tanques estadounidenses y soviéticos se hallaban frente a frente, encañonados entre sí. Un oficial celoso o un soldado de gatillo fácil podía precipitar a toda la Humanidad hacia la catástrofe. Acostumbrados como lo estamos a la ‘paz’, no nos encontramos en la mejor de las situaciones para prevenir la guerra. Son muchos lo que piensan que los canales de la Diplomacia harán su trabajo y todo quedará en un susto. Pero no. Esto es diferente.

La crisis de ucrania

         Desde los Estados Unidos y los países de la OTAN se ha presentado el conflicto simplemente como una maniobra de presión por parte de un despiadado dictador autócrata encarnado en Vladímir Putin que quiere seguir manteniendo a Ucrania en el redil e impedir el país que decida libremente. Hay algo de razón en eso. La vocación imperial de la Rusia de Putin es explícita a la par que innegable. Ya ha dejado bien claro a lo largo de estos años que no va a permitir que ninguna de las naciones que considera bajo su esfera de influencia se le escape de las manos. Y con ‘escapársele de las manos’ me estoy refiriendo a su ingreso en la OTAN y, por tanto, su efectiva satelización por Washington.

         Mas no es esta toda la verdad. La guerra en Ucrania adquiere otro cariz si se repara en una realidad que nadie quiere aceptar en Occidente: que la OTAN debió haberse disuelto una vez desaparecida la Unión Soviética al perder su razón de ser, y que si ahora existe es única y exclusivamente para convertir a sus miembros en correas de transmisión del Gran Hermano Americano. Ninguno de los países miembros es auténticamente soberano y libre. Desde finales del Siglo XX se diseñó desde las élites norteamericanas un plan para encauzar a los países ‘discrepantes’ hacia su nuevo orden mundial, entre los cuales se encontraban y se encuentran Rusia y China. Esta es la razón por la que se ha pretendido acercar tanto Ucrania como a Georgia a la Alianza Atlántica, con el propósito de cercar a Rusia. Sabedora esta de que el ingreso de cualquiera de estos países en dicha alianza militar permitiría a los Estados Unidos situar cabezas nucleares que, de activarse ante un eventual conflicto, borrarían Moscú del mapa en un santiamén.

La crisis de Ucrania y Georgia

         Sabido es igualmente que el cambio de gobierno en Kiev en 2014 se debió a un Golpe de Estado orquestado por la misma OTAN, alterando la dinámica política típicamente ucraniana, en la que cíclicamente se alternaban gobiernos pro-europeos y pro-rusos representativos de las dos grandes sensibilidades existentes en el país. Por eso intervino Rusia en Ucrania, como anteriormente lo hizo en Georgia: para evitar a toda costa que la OTAN se extendiera hacia el Este y la rodeara completamente. Y estas son las exigencias que Moscú ha planteado a Washington. Las cuales no pueden ser nunca aceptadas por las potencias angloamericanas. De hacerlo, significaría para las élites político-económicas que las pusieron en marcha un fracaso sin paliativos. Si Angloamérica aspira a neutralizar a cualquier poder estatal o no estatal que se niegue a aceptar su hegemonía, no puede, ante un envite directo, reconocer su derrota y retroceder, sabiendo que el resto de los países que han optado por cobijarse bajo el ala del Tío Sam se plantearía seriamente la conveniencia de seguir haciéndolo.

         Desde esta perspectiva, los escenarios posibles en el conflicto ucraniano son tres, siendo los menos probables los dos primeros y el más plausible el tercero:

         1) Un acuerdo diplomático entre la OTAN y Rusia aceptando la primera no inmiscuir sus narices en el área de influencia rusa.

         2) Una guerra directa entre la Alianza y Rusia, lo que posiblemente desembocaría en una guerra nuclear.

         3) Un conflicto limitado similar al ocurrido en Georgia, localizado en el Este de Ucrania o en el Norte de Crimea.

Biden y la crisis de Ucrania

         La victoria de Joe Biden ha sido uno de los desencadenantes de la escalada de tensión. Pues su figura estuvo impulsada por las élites políticas y económicas del establishment estadounidense que siempre han detentado el poder y que han apostado desde el primer momento por el expansionismo militar con el objetivo de acabar con cualquier potencia aspirante a disputar su hegemonía. Donald Trump, enemigo declarado de estas élites, representaba una suerte de apaciguamiento en el proceso expansionista de la OTAN. Esta es la razón por la que las relaciones diplomáticas con el Kremlin se estabilizaron. Y por la que desde Moscú se buscó favorecer en todo lo posible su victoria electoral.

         Ahora el mundo contiene la respiración ante una guerra inminente provocada por Angloamérica y su expansionismo militar, que ha permitido mostrar la peor cara del imperialismo ruso de matriz soviética.

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