FRA-CASADO

Fra-Casado

Un trabajo chapucero orquestado por una ‘gestapillo’ de poca monta que ni siquiera ha sido capaz de esconder la responsabilidad de su jefe.

Pablo Gea

Lo del Partido Popular es de Juzgado de Guardia. Un desastre absoluto. Pocas formaciones políticas habrá en este país tan empeñadas en hacerse daño a sí mismas. Como aquello que sabiamente destacara Sun Tzu en El arte de la guerra, mientras enfrente está el adversario, el enemigo de verdad está en la propia trinchera. Y si no, que se lo digan a Isabel Díaz Ayuso. Pues no cabe duda: tiene mucho que aclarar. Pero que haya sido la dirección nacional del PP, pretendiendo replicar la ‘jugada de las cremas’ que acabó con la carrera política de Cristina Cifuentes, la que haya fabricado el escándalo, es de traca. No porque los políticos españoles sean incapaces de tales argucias (partimos de la base de que lo son), sino porque se haya atacado a la joya de la corona (la Comunidad de Madrid) en un momento en el que el centro-derecha lo tiene muy difícil para conseguir mayorías ante la constante cesión del PSOE a los nacionalistas, que garantiza la suma parlamentaria.

La victoria de Ayuso

         La victoria de Ayuso tuvo, además, un efecto psicológico importante al suponer la marcha de Pablo Iglesias, bestia negra para muchos de los votantes populares y de Vox. Formación esta última que está frotándose las manos ante los últimos sondeos, en una marcha triunfal que aún saborea el éxito en Castilla y León. Por ello, tratar de dinamitar a una figura que el PP necesita como el oxígeno tan sólo por los celos de Pablo Casado y su gente ante el creciente ascendente de Ayuso es, se mire por donde se mire, una torpeza monumental. Y si inconcebible es esto para una formación que aspira a gobernar algún día a escala nacional, más incomprensible es si cabe la torpeza con que todo se ha ejecutado, haciendo estallar una guerra civil larvada y cargada por la incompetencia del liderazgo de Casado. Un trabajo chapucero orquestado por una ‘gestapillo’ de poca monta que ni siquiera ha sido capaz de esconder la responsabilidad de su jefe.

         Ahora Pablo Casado quiere desesperadamente recoger cable mientras Feijóo ha tenido que salir a la palestra para hacerle saber que es un alcornoque. Siendo suaves y corteses como el gallego sabe como pocos. Porque todos conocen la verdad: no estamos ante un plan brillante concebido por una mente maestra, sino frente a la reacción nerviosa e inmadura de un líder que quiere serlo y no puede, incapaz de dejar atrás su inseguridad crónica. Las manifestaciones en Génova han mandado mensaje alto y claro a un partido cuya cúpula se ha enfrentado con todas las baronías habidas y por haber. Lo que se puede hacer cuando tienes el poder absoluto, pero jamás cuando uno depende de delicados vínculos de vasallaje y no se ha ganado la legitimidad para mandar a base de los resultados electorales. Más bien al revés.

Casado y Egea

         Si en el PP les queda algo de cordura, hallarán la manera de quitarse de encima rápidamente a Casado, y no se conformarán con la cabeza de García Egea, que si es culpable de algo es de ejecutar las instrucciones dadas por su jefe. Aunque esto sea lo que el sentido común sugiere, cabe igualmente que los populares se mantengan en su pertinaz voluntad de seguir regalándole votos a Vox, siendo en última instancia los responsables de que una formación iliberal pueda acabar convirtiéndose en la alternativa de gobierno al PSOE sanchista. Con las nefastas consecuencias que todos podemos adivinar.

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