Miércoles, 24 de julio, 2024
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EL FRACASO DE LA GUERRA RELÁMPAGO DE PUTIN

Putin y Alisher Usmanov

La guerra de desgaste puede acabar favoreciendo a Ucrania si el compromiso occidental es firme y las sanciones a Rusia se mantienen en el tiempo e incluso se amplían.

Pablo Gea

Lo que en un primer momento se proyectó como un exitoso paseo militar para los rusos, se ha transformado en una desagradable guerra de ocupación cuyo fin dista mucho de estar claro. Ahora Rusia debe enfrentarse a las inevitables consecuencias de una guerra de desgaste sostenida por un ejército muy motivado y por el apoyo militar y económico de Occidente.

Tropas Rusas

KIEV Y EL SCHWERPUNKT

En la doctrina militar alemana, el schwerpunkt es el punto de énfasis principal de una ofensiva o de una campaña militar. Para una nación como la alemana, encajonada en el centro de Europa y sin el acceso a los recursos que proporcionaban los vastos imperios coloniales de sus rivales, la guerra corta se perfilaba como la única opción viable de victoria una vez desatadas las hostilidades. No se trata de una doctrina de ocupación -prevista ésta para guerras largas en las que se pretende el control del territorio enemigo- sino de guerra relámpago dirigida a concentrar todo el poderío militar en ese schwerpunkt para derrotar finamente al enemigo al menor coste posible.

Esta ha sido la concepción con la que han jugado Putin y las Fuerzas Armadas rusas a la hora de invadir Ucrania. Y la razón por la que, desde los primeros días, el grueso de la ofensiva se ha dirigido a Kiev, la capital y el corazón simbólico de la resistencia ucraniana enmarcada en la metáfora bíblica de David contra Goliat. La Batalla de Kiev se ha transformado en una auténtica pesadilla para los rusos, que no son capaces de imponerse a los ucranianos en el combate urbano. Las guerras de Chechenia y de Georgia pusieron de manifiesto las dificultades del Ejército Ruso en las batallas urbanas, de lo que es un ejemplo especialmente dramático la Batalla de Grozni entre finales de 1999 y principios del 2000. Las dificultades logísticas, de avituallamiento, el inadecuado entrenamiento y un liderazgo encorsetado fueron taras que los militares rusos exhibieron en estos conflictos y que hoy en día vuelven a mostrar en Ucrania.

Ha sido el fracaso en Kiev lo que ha activado el resto de frentes secundarios, especialmente en el Sur y en el Noreste del país, con el propósito de embolsar a grandes contingentes de las fuerzas ucranianas, cerrar el acceso al Mar Negro por parte de Ucrania y cercar definitivamente Kiev. Ello permitiría obtener dos cosas, a saber:

  1. La eliminación de una de las vías de exportación y recepción de suministros vitales para mantener la guerra de desgaste contra el invasor.
  • Eliminar el polo de atracción motivacional que mantiene la resistencia civil y militar, la capital donde el Presidente Volodímir Zelenski resiste como símbolo a la vez que como pulmón del esfuerzo de guerra ucraniano.

         La imposibilidad de golpear definitivamente el schwerpunkt de Kiev ha decidido a Rusia a optar por una guerra de ocupación convencional, aun a pesar del inmenso coste que eso va a suponer para sus fuerzas militares.

GUERRA DE OCUPACIÓN

Sin renunciar a Kiev como objetivo principal, los ataques a Járkov (la segunda ciudad del país) y las ofensivas hacia Zaporiyia, Mariupol y Odesa revelan la decisión rusa de ocupar el terreno ucraniano que consideran indispensable para la conclusión exitosa de las operaciones militares. Sabedores de que los ucranianos no se van a rendir, han optado por ocupar el territorio de un país que, de otra forma, no pueden someter. A pesar de lo cual, las carencias militares rusas se han puesto de manifiesto con pasmosa evidencia (desde las raciones caducadas hasta el equipo obsoleto). Dejando claro que, si Rusia es considerada una superpotencia, es sólo por su capacidad nuclear. Ni su débil economía ni la incompetencia de su ejército contra un enemigo a todas luces inferior en todos los sentidos permiten considerar Rusia como la nación temida y agresiva que pretende dar a entender que es.

Una guerra así concebida requiere de una estrategia y de una planificación de la que Putin y los suyos carecen. Por mucho que los discursos oficiales insistan en que todo marcha ‘según lo previsto’, lo cierto es que tanto la resistencia como la capacidad militar los ucranianos han sorprendido para mal a los rusos, que ahora empiezan a ser conscientes del avispero en el que se han metido, sin estar seguros de si su (cada vez más cercana al colapso) economía va a ser capaz de sostener dicho esfuerzo de guerra indefinidamente. En efecto, lo que se imaginó como una guerra corta en la cabeza de Putin es ahora un conflicto enquistado, pese a los lentos avances rusos. Un conflicto que consume hombres y material, quién sabe por cuánto tiempo.

Porque, pese a la disparidad de tamaños, para Rusia no será igual de fácil ocupar Ucrania que someter Georgia o Chechenia. El peso demográfico de Ucrania no puede ser comparado al de Rusia, cierto es. Pero igualmente veraz es que ambos países libran dos guerras distintas:

  1. Ucrania sólo debe resistir lo suficiente para convencer a Rusia de que el coste la invasión es demasiado alto como para permitírselo y, o bien se siente en la mesa de negociaciones en una posición de debilidad, o renuncie a sus objetivos principales a cambio de un maquillaje honroso que mantenga la independencia ucraniana.
  • Rusia, por el contrario, debe invadir primero y ocupar después la totalidad o parte del territorio de Ucrania -junto con las infraestructuras y la población civil- hasta poder obligar a los ucranianos a someterse a sus condiciones.

         Es dudoso que Rusia logre completar la ocupación completa o siquiera parcial del país a un coste tan pequeño que le merezca la pena. Sin embargo, sí es posible que Ucrania resista lo suficiente como para negociar con los rusos desde una posición de relativa fuerza.

GUERRA DE DESGASTE

La situación crítica en la que ahora se halla Rusia pone en duda los hipotéticos beneficios que la invasión ha podido granjearle. Incluso en el caso de que efectivamente lograra culminar todos sus objetivos, el coste es tan colosal que se convertiría en una victoria pírrica, esto es, en un éxito a un coste tal que equivale a una derrota. Pues Rusia es ahora mismo un Estado paria con una economía en bancarrota que ha perdido de un plumazo grandes parcelas de negocio, lo que la ha hecho mucho más dependiente de -y débil frente a- otras potencias del entorno. Entre ellas China, que se ha puesto de perfil cuando el Kremlin daba por hecho que le iba a apoyar sin fisuras.

Con un panorama así, el esfuerzo de guerra ruso difícilmente podrá mantenerse en el largo plazo si Ucrania recibe dinero, armas, alimentos y, en definitiva, un fuerte apoyo logístico tanto de los Estados Unidos como de Europa y otros países aliados. La guerra de desgaste puede acabar favoreciendo a Ucrania si el compromiso occidental es firme y las sanciones a Rusia se mantienen en el tiempo e incluso de amplían. Putin es consciente de todo esto, por lo que ha ordenado un recrudecimiento de las hostilidades tras un cierto impasse para testar la disposición de los ucranianos a claudicar ante la política de hechos consumados. No ha sido así, y toca asumir las consecuencias.

Pues no se olvide que el régimen de Putin es una dictadura sostenida sobre vínculos de vasallaje forzados entre ex – agentes del KGB y poderosos oligarcas que se repartieron los despojos del antiguo imperio soviético. Si el poder de estos oligarcas se viene abajo a consecuencia de las sanciones y de la guerra, junto con el desgaste militar, no es impensable que estos nobles corruptos decidan retirar su apoyo a Putin a la par que en las Fuerzas Armadas anide el ruido de sables. Si bien el control que el nuevo Zar tiene sobre su país es firme, esto no significa que una prolongación sine die de la guerra en Ucrania no pueda debilitarlo y provocar la aparición de fisuras en un edificio supuestamente sólido.

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