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MARIÚPOL: LA DESPIADADA BATALLA URBANA

Mariupol devastada.

Un auténtico Stalingrado que puso desde el primer momento la voluntad de las dos naciones en conflicto.

Pablo Gea

Si hay algo que simboliza a la perfección la naturaleza de la guerra en Ucrania, esa es la Batalla de Mariúpol. Un auténtico Stalingrado que puso desde el primer momento la voluntad de las dos naciones en conflicto: la rusa de conquistar y la ucraniana de resistir. Y así ha sido, en todos los sentidos. Mariúpol, un puerto anclado en el Sudeste ucraniano, con salida al Mar de Azov. En plena zona de ocupación rusa en Donetsk. Una espina clavada para el Gobierno ruso, que no podía permitirse que esa islita de resistencia ucraniana se consolidara e impidiera la homogeneización territorial de su control militar en el sector.

Mariupol en ruinas

         Calle por calle, casa por casa. Barrios destruidos en un frente estancado cuando ciudades enteras cambiaban de manos en un período de tiempo más corto. Como la Wehrmacht en la Segunda Guerra Mundial cuando se asomó a orillas del Volga por última vez, el Ejército ruso tuvo ante sí una tarea gigantesca. Nada de guerra caballeresca. Cada uno de los contendientes era perfectamente consciente de lo que les esperaba de caer prisioneros en manos del enemigo. Los crímenes de guerra rusos y las deportaciones que han comenzado apenas la ciudad se ha rendido respaldan esta afirmación con espeluznante contundencia. Aunque Moscú no lo tiene tan fácil una vez instaurada su particular visión de la ‘paz’. Pues gran parte de esos civiles masacrados por bombardeos constantes e inmisericordes son personas identitariamente rusas. Que lo han perdido todo en el cruento intento de Moscú de colocar la ciudad bajo su órbita.

El gobierno ucraniano resiste a la invasión.

         El Gobierno ucraniano entendió pronto que no podría defender los alrededores de la ciudad, por lo que los rusos establecerían más tarde o más temprano un corredor de tierra que uniría Crimea con el Dombás, sellando así el destino tanto de combatientes como civiles. El estatus de ‘ciudad heroica’ bien suena a título de necrológica. Una forma de dar a entender que resistir era tan sólo retrasar lo inevitable. Algo que, si acaso añade un plus de mérito al heroísmo, pero que no descarga en absoluto la tragedia de todos aquellos que se supieron condenados desde el primer momento. Progresivamente sin comida y sin agua, el epitafio de la resistencia lo simbolizó la planta siderúrgica Azovstal. Reminiscencia de la Guerra Fría que se alza sobre una compleja red de búnkeres y refugios antiaéreos que han dado techo a miles de civiles y combatientes y que permitieron que el Batallón Azov mantuviera a raya a los rusos hasta prácticamente el último cartucho.

Putin sigue adelante con una guerra sin sentido.

         Mariúpol se ha rendido. Y el Kremlin se prepara para cerrar la ‘caja’ en el resto del Dombás. Región que, junto con Crimea, sabe que no retornará jamás a Ucrania. Pero no nos confundamos. Lejos de ser una lucha inútil, Mariúpol distrajo fuerzas importantes que Moscú necesita para concluir con éxito su actual ofensiva en el Este de Ucrania. Teniendo en cuenta que el acusado desgaste que exhibe su Ejército es evidente para la OTAN y sus aliados. Lo que quiere decir que existe un riesgo de empantanamiento de la maquinaria bélica rusa que puede llegar impedirle concluir sus objetivos políticos y militares con éxito en la región. Si esto sucede, Putin se verá en serios aprietos para justificar la guerra y sentarse en la mesa de negociaciones con alguna esperanza de presentarse como algo parecido a un ganador. Por no hablar de un conquistador invicto.

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