Miércoles, 10 de junio, 2026
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Es el nuevo cultivo del siglo XXI: los campos de silicio.

Pablo Rodríguez de Ledesma Vega

Mientras pedaleo con mi amigo Julio por los caminos del valle que une Salteras, Olivares y Gerena, descubro con horror que lo que otrora fueron enormes campos de girasoles y cereales ahora está plagado de placas solares. Es el nuevo cultivo del siglo XXI: los campos de silicio.

 Recuerdo con nostalgia cómo antaño solía detenerme en primavera en algún alto del camino para disfrutar del paisaje, con el horizonte teñido de verdes y amarillos, y tomar alguna fotografía que luego me servía de fondo de pantalla “a lo Windows”. Hoy hago la misma foto, pero para dejar testimonio del desastre ecológico que estamos dejando a nuestros hijos y nietos.

 No sé si calificar a nuestra generación de ingenua, ignorante o simplemente irresponsable. Bajo el paraguas de una Agenda 2030 que promete “salvar el planeta”, algunos están haciendo negocio vendiendo licencias a grandes inversores para llenar de placas chinas nuestras mejores tierras de labor, las vegas del Guadalquivir. Todo parece muy verde, muy ecológico y muy barato, porque “el sol es gratis”.

 Pero la realidad es otra.

 ¿Acaso ha bajado el precio de la luz? Más bien al contrario: está más cara que nunca.

¿Y qué ocurrirá dentro de quince o veinte años, cuando muchas de estas placas pierdan rendimiento y haya que sustituirlas? Habrá que desmontarlas, tratarlas y reciclarlas. ¿Quién asumirá ese coste? Porque alguien terminará pagándolo.

 ¿Y el campo? Recuperarlo no será fácil. Bajo esas instalaciones hay cimentaciones, canalizaciones, kilómetros de cableado y estructuras metálicas cuya retirada costará una fortuna, suponiendo que las empresas explotadoras sigan existiendo dentro de varias décadas. A muchos propietarios quizá les estén pagando la finca a plazos mediante una renta, pero el día de mañana podrían encontrarse con unas tierras degradadas y difíciles de reutilizar.

 Ayer leí la noticia de dos agricultoras que rechazaron una oferta millonaria para vender sus fincas porque consideraban que estaban “alimentando a la nación”. Eso sí son principios: amor al campo, responsabilidad y un ecologismo auténtico, heredado de nuestros padres y abuelos.

 Quienes nos hemos criado entre encinas, peñas, charcas y ranas vemos con claridad que este supuesto ecologismo del siglo XXI tiene demasiado de negocio y muy poco de respeto por la tierra. En nombre de un progreso “verde” estamos cubriendo de hierro, cristal y cemento los campos que alimentaron a generaciones enteras. Esto es una estafa. En nombre de lo “verde” estamos destruyendo tierras fértiles, hipotecando el paisaje y dejando a nuestros hijos un problema enorme disfrazado de progreso. Y cuando llegue el momento de recoger los restos de todo esto, ya no quedará nadie para asumir la responsabilidad.


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