Lunes, 10 de agosto, 2026

LA INMINENTE SUCESIÓN DEL REY DE MARRUECOS

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Frente a las especulaciones sobre las intenciones de Rabat en la enésima crisis con la monarquía alauí, lo cierto es que el factor doméstico es más determinante de lo que nadie piensa

Pablo Gea

Marruecos es un país pobre. En crecimiento, pero pobre. Muchos de los jóvenes -y no tan jóvenes- que han llegado a Ceuta así lo atestiguan. Pero no hace falta ni tan siquiera quedarse en Ceuta. La inmigración marroquí instalada en gran parte del territorio nacional, especialmente en las zonas deprimidas y periféricas de las grandes ciudades, así lo atestigua.

Y, por mucho que el régimen acometiera una reforma constitucional en 2011 para amortiguar las consecuencias de la Primavera Árabe, la realidad es que se trata de una dictadura semi-pluralista en la que dicha pluralidad no es más que un espejismo para tratar de ocultar que todo sigue dependiendo del soberano, Mohamed VI. Que canaliza su voluntad de reprimir la disidencia a través del jefe de seguridad, Abdellatif Hammouchi, que dirige tanto la Direction Générale de la Surété Nationale (DGSN) -la policía- como la Direction Générale de Surveillance du Territoire (DGST) -los servicios secretos antiterroristas-. Los activistas saharauis, los independentistas rifeños y quienes se lanzan a las calles ante la ausencia de perspectivas vitales atestiguan la dureza de la represión en el país. Así que, de democracia nada.

La cuestión es que le vertebración del país, pese a sus masivas inversiones económicas y sus éxitos diplomáticos, dista de ser la ideal para la clase dirigente. La ruptura del alto el fuego con el Frente Polisario el 14 de noviembre de 2020 les ha metido en una guerra de baja intensidad, a la que se han sumado las crecientes reivindicaciones en la zona de Rif (donde, por cierto, está situada Melilla). El estado de salud decreciente de Mohamed VI ha puesto en funcionamiento a marchas forzadas el mecanismo de sucesión en la persona de su hijo, Moulay Hassan, quien será el futuro Hassan III. Para que la operación tenga éxito, Marruecos necesita con urgencia activar el vector nacionalista-identitario para amortiguar los efectos de la lentitud del despegue económico y del agotamiento del modelo político. De ahí las continuas presiones a España.

Presiones que van a ir en aumento, porque en Rabat han comprendido perfectamente que el miedo del gobierno español a enemistarse con uno de sus principales socios económicos, al que la Unión Europea riega de dinero para controlar la inmigración subsahariana, puede llevarle a una parálisis total. No es ya la información que se haya obtenido con el espionaje vía Pegasus, sino que estamos ante una forma de proceder fuertemente enraizada en las relaciones entre España y Marruecos. Cuando el segundo aprieta, el primero cede. Y, en un contexto como este, en el que la torpeza diplomática española ha situado a nuestro país a los pies de los caballos, el gobierno marroquí valora como una perspectiva factible la obtención, más tarde o más temprano, de Ceuta y de Melilla. Y más si cabe, por cuanto la guerra híbrida incluye el soborno de periodistas, grupos de presión, diputados, legisladores, técnicos, lobbistas y hombres de gobierno. Crear el clima de opinión nacional e internacional que haga propicia la anexión. Si una mayoría importante dentro y fuera de las fronteras españolas asume que no merece la pena pelear, todo se habrá conseguido sin disparar un solo tiro.

Y, si el régimen marroquín consigue esto, la perspectiva de los opositores de toda laya se verá fuertemente mermada. Con el sistema fortalecido y una sucesión sin incidentes asegurada, será una jugada redonda que abrirá la puerta mirar hacia las Canarias, los islotes y revitalizar su posición diplomática en el Norte de África, arrinconando a Argelia y consolidándose como la potencia en el escenario, a la que todos los estados que operen allí tendrán que consultar. Y, hoy por hoy, no parece que desde España estemos por la labor de evitar este negro panorama, amordazados como estamos por líderes codiciosos y pusilánimes, capaces de mantenerse en el poder durante todo el tiempo que se posible, aun a costa de someternos diplomáticamente y de vender nuestra soberanía por un plato de lentejas.


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