Miércoles, 16 de septiembre, 2026
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El partido gobernante y sus socios son los artífices de que se estén cavando las trincheras otra vez en España y, por supuesto, la principal razón por la que ha surgido y crece lo que ellos llaman la ultraderecha.

Juan Pedro Rodríguez de Ledesma

Querido ex-amigo:

Me arrepiento mucho de la bronca que tuvimos por cuestiones en realidad nimias, porque yo quise hablarte de facturas culturales y tú me saltabas con política. No era mi intención chocar contigo, pero tú parecías empeñado en lo contrario, buscando enfrentamiento donde yo solo pretendía entendimiento. Esa es mi percepción, y voy a entrar a explicarlo centrándome un poco en el tema del debate:

Cuando llamé h.p. a Pedro Sánchez tú saltaste con un «sin insultar» que me dejó perplejo, y entonces no comprendí que sí hay que insultar, y mucho, como hacen en los partidos de fútbol y en cualquier evento donde se atreva aparecer el personaje, que ya no se atreve mucho. ¿Sabes por qué? No porque haya mentido y traicionado a los mismos miembros de su partido, aliándose con ambiciosos trepadores de ínfima calaña, como él, que utilizan la demagogia fácil del victimismo, el feminismo y el miedo a la derecha para convencer a la gente sencilla que les siguen como borregos fascinados por su imagen de hombre guapo, apacible y exitoso… No porque haya vuelto al poder hace ya tres años aliándose in extremis (nunca mejor dicho) con extremistas de izquierda y concediendo una amnistía, que no indulto, a un prófugo condenado para que pueda regresar a la vida política y así corresponderle con los pocos votos que le necesitaba para formar gobierno… No porque haya metido la pata repetidamente en política exterior, especialmente al deshacer de un manotazo el delicado equilibrio que mantenía España respecto al Sahara Occidental… No porque haya tratado de manipular y poner a su servicio al poder judicial como se ha visto con el caso del fiscal general y con otros muchos casos de funcionarios presionados, trasladados o acosados… No porque haya gobernado a golpe de decreto ley, por saber que le hubiera sido imposible convencer en el parlamento, imponiendo a la sociedad española una normativa cada vez más farragosa, absurda y contradictoria… No porque tenga comprada a media España con dinero público y subvenciones para que le sigan votando y, cuando ni eso funciona, regale la residencia a millones de extranjeros para seguir gozando de apoyo popular; aunque, todo hay que decirlo, falta mano de obra joven en España porque, gracias a la política hiper-feminista de Psoe y de los partidos que le apoyan —favoreciendo laboralmente a las mujeres muy por encima de los hombres— el índice de natalidad en España es de los más bajos del mundo… No porque, en esa línea de actuación premeditada y calculada, haya ido colonizando con su gente a los medios de comunicación públicos (y algunos privados financiados por fuerzas externas que promueven las nuevas tendencias culturales y la Agenda 2030) para que hagan asequibles y digeribles estas medidas de cambio cultural radical mediante una narrativa que matiza hábilmente todas las críticas y justifica la política del gobierno, sin importarle lo más mínimo el malestar creciente en la sociedad española…

No sé si me dejo algo en el tintero, porque seguramente hay mucho más, pero no, no es por todo esto por lo que gran parte de los españoles nos creemos con derecho a insultar a este presidente de gobierno que es probablemente la figura política más odiada de la Historia después de Fernando VII.

Me dijiste entonces: «A mí tampoco me gusta Pedro Sánchez, pero…» Esa es una frase que he escuchado en casi cualquier ciudadano de izquierdas con el que sostengo una conversación. A nadie le gusta el actual presidente del gobierno y líder del PSOE, pero todos vosotros (y vosotras, convendría decir) justificáis de alguna manera su política y su figura con la irrisoria excusa del miedo, casi con el mismo miedo que alimentó la pandemia y los policías de balcón: que viene el lobo, v. gr. que viene la extrema derecha, que sería mucho peor; e invocáis el fantasma del dictador ya muerto y enterrado hace más de 50 años.

Y es que tengo que confesar algo de lo que me he dado cuenta recientemente: insulté a ese político culpándole indirectamente de la discusión bizantina que tuvimos el otro día en la calle, sin ton ni son ni pretenderlo, porque tú y yo siempre nos hemos entendido más o menos, aunque no hayamos sido grandes amigos. Pedro Sánchez se merece que le insulten porque ha dividido a los españoles, ha deshecho de un manotazo la reconciliación o el compromiso que habíamos logrado después de la transición y ha polarizado la sociedad española. Y no es excusa que sea una tendencia internacional de la que España se hace eco servilmente, ni tampoco que las deficiencias y/o carencias de la Constitución de 1978 hayan facilitado que un puñado de ambiciosos sin cultura y sin escrúpulos manejen el poder a su antojo.

El partido gobernante y sus socios son los artífices de que se estén cavando las trincheras otra vez en España y, por supuesto, la principal razón por la que ha surgido y crece lo que ellos llaman la ultraderecha. Aunque parece que por fin se han dado cuenta y, siguiendo consignas, hacen alarde de moderación en el lenguaje y en el tradicional resentimiento de la izquierda, cada «fascista» que exabruptan alimenta la polarización y beneficia a Vox. Porque sí, querido ex-amigo, quizás se necesite, quizás te has ganado a pulso un Santiago Abascal en el gobierno —Santi le llaman cariñosamente las izquierdas— después de haber tolerado y justificado tantos años a un Perro Sánchez.


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