LA DICTADURA DE LA INCOMPETENCIA
Al Gobierno de Sánchez; su totalitarismo avivó mi rebeldía.
ANtONIO mORA
Bajo este título publicó, en 2010, Xavier Roig, un excelente estudio sobre nuestra sociedad y su clase gobernante. He vuelto a releerlo de nuevo y, tras ocho años de gobierno de Pedro Sánchez, con una preocupante y acelerada deriva hacia la autocracia, la corrupción y el nepotismo, encuentro en el libro de Roig algunos anuncios de lo que él preveía y ahora es una aterradora realidad. Gobernaba todavía Rodríguez Zapatero y empezábamos a sufrir su talibanismo ideológico, su polarización, el caos económico, etc. Tras el estéril paso de Rajoy por el Gobierno, aquella siembra de ZP ha dado lugar a la más espantosa pesadilla.
En relación a los modos autocráticos, escandalizan los pactos con aliados antiespañoles de dentro y fuera de España, que no se explican en el Parlamento, al que cada vez se margina más, gobernando a golpe de decreto, sin ley de presupuestos (Sánchez no puede aprobarla por falta de apoyos y, personalmente, creo que lo prefiere porque así hace lo que le da la gana), con mentiras que difunde a través de la prensa ensobrada, control de toda empresa pública, ataque a la separación de poderes, amenaza de cancelación al disidente, expolio fiscal agravado con inflación, déficit fiscal y mal uso de los fondos europeos. El aumento del Consumo (ya somos casi 50 millones de habitantes) y del disparatado Gasto Público (en la era digital hay más funcionarios que nunca), dan lugar a un artificial crecimiento del Producto Interior Bruto que, obviamente, no es lo que percibe el ciudadano, cuya renta disponible es cada vez menor, aumentando una pobreza que, asombrosamente, la población parece haber aceptado como algo normal. Escandaliza la pasividad de los miembros de la sociedad. Tampoco esperen nada de sindicatos y organizaciones empresariales. Ni del Tercer Sector. Ni de la prensa que sobrevive con subvenciones y publicidad institucional. Ni del mundo de la cultura. Nadie morderá la mano que les alimenta.
La alianza de medios de comunicación y sistema educativo, ha dado lugar a una sociedad donde nadie cree en el libre mercado e incluso se le suponen malvadas intenciones, mientras que todo “lo público” parece estar dirigido por bondadosos arcángeles sin más propósito que el bien común. La llegada del wokismo a nuestra patria, con su ridícula neolengua, ha impregnado a nuestra población de lo que Roig llama “progresismo de pandereta”. A esta situación se llega en tres pasos: Primero, el Estado educa individuos débiles que renuncian a su libertad; luego, el Estado se presenta como la única solución benefactora para cualquier problema; por último el individuo acepta recortes en su libertad y en su prosperidad y adopta la ideología de la que le han imbuído y que le repiten machaconamente los medios. Por eso no se lamenta de su pobreza. La achaca a “los ricos” (como si la economía fuese un juego de suma cero), a Trump, a Putin… El sentido crítico es eliminado como forma de adaptación al entorno ideológico que crea la autocracia.
Respecto a la corrupción y al nepotismo, ambos son hijos del sistema de partidos. La alternancia se interpreta como “ahora nos toca a nosotros”. Militantes y empresas afines se abalanzan sobre el Estado como pirañas. La invasión de todo lo público por el ganador de las elecciones es absoluta. No se puede consentir que queden “quintacolumnistas” del partido perdedor. Decía ZP que lo único importante era “tener talante”. Y con esa premisa, los leales al partido, pueden desempeñar cargos en las empresas públicas sin necesidad de tener experiencia de gestión ni conocimientos afines al puesto. La única meritocracia que importa es la ideológica. ¿Qué luego hay que rescatar a Correos o a RTVE porque la gestión del afín ideológico ha sido un desastre? ¡Qué más da! El estado tiene el dinero de nuestros impuestos y el de la deuda que pagarán nuestros hijos. Como, además, las legislaturas son sólo de cuatro años y lo de acordar pactos de Estado ni se contempla, se opta por hacer solamente lo que da al político una rentabilidad electoral. Por eso se aumentan tramos de vías y se baja la guardia en su mantenimiento. ¿Que el riesgo reputacional de nuestro sistema ferroviario y de nuestras carreteras va a afectar al sector turístico? No pasa nada, el Estado se ocupará de mantenernos a todos, ¿no?
Por otra parte, como “el dinero público no es de nadie” (Carmen Calvo dixit), si se puede “ayudar” a una empresa amiga que, a su vez, tendrá un “detalle” con su benefactor, pues se hace. Y si se puede montar “algo” para financiar al partido y recibir alguna “compensación” personal por el esfuerzo, ¡pues claro que se hace!
Es sabido que no hay nada más democrático que el mercado. Cada compra es una votación a favor de una empresa. El consumidor elige qué empresa permanece y cuál se arruína. Por el contrario, las decisiones políticas no se toman de manera democrática, sino que colocan a los actores políticos como tiranos sobre sus conciudadanos. Y eso da pié a arbitrariedades, enchufes, corrupción… de los que creyeron que, sólo con talante e ideología, podían gestionar cualquier empresa pública. Se suele hablar de las “fallas del mercado”. Cuidado con las fallas del Estado.
